OPINIÓN/ Mientras otros le dan la espalda, Mamdani abre los archivos del 9/11
Los congresistas Laura Gillen y Tom Suozzi, el exalcalde Rudy Giuliani y exgobernador George Pataki han expresado, cada uno a su manera, su rechazo político al actual alcalde de la ciudad de Nueva York Zohran Mamdani. Gillen le pidió que escuchara a ciertas familias de las víctimas y reconsiderara su asistencia a la ceremonia del 25.º aniversario del 9/11. Giuliani y Pataki fueron más lejos: dijeron que debería mantenerse alejado. Suozzi no ha solicitado públicamente su exclusión del acto, pero lleva tiempo presentándolo como una figura extrema, contraria a los valores que, según él, debe representar el Partido Demócrata.
Todos tienen derecho a discrepar del socialismo democrático de Mamdani, de sus posiciones sobre Israel o de sus propuestas para gobernar Nueva York. Lo que resulta más difícil de justificar es que esas diferencias se utilicen para cuestionar su legitimidad como alcalde y, por extensión, su derecho y su obligación de representar a la ciudad en una de sus conmemoraciones más solemnes. Mamdani no estaría allí como invitado de una corriente ideológica, sino como la máxima autoridad electa por los neoyorquinos.
La comparación con Giuliani es particularmente incómoda. El exalcalde, elevado durante años a la categoría de héroe nacional por su actuación después de los ataques, se declara ahora ofendido por la presencia de Mamdani. Sin embargo, los documentos que la nueva administración acaba de liberar plantean serias preguntas sobre lo que el gobierno de Giuliani sabía acerca de la contaminación en el Bajo Manhattan mientras continuaba tranquilizando públicamente a residentes, trabajadores y socorristas.
Entre los expedientes aparece el llamado memorando Harding, redactado pocas semanas después del ataque. Mientras la ciudad sostenía que el riesgo para la salud era reducido, sus abogados ya calculaban decenas de miles de posibles demandantes, incluso personas que podían alegar haber regresado demasiado pronto y sufrido exposición tóxica. Es difícil no advertir la ironía: Giuliani pretende juzgar si Mamdani merece estar en la ceremonia mientras Mamdani abre los archivos relacionados con las decisiones tomadas durante la administración de Giuliani.
Gillen y Suozzi presentan una contradicción distinta. Ambos respaldaron iniciativas para corregir el financiamiento del World Trade Center Health Program y copatrocinaron el proyecto H.R. 1410. También votaron por una primera versión del paquete presupuestario que contenía la ayuda. Pero cuando el texto definitivo regresó del Senado, ambos votaron en contra, aunque su oposición respondiera a otros componentes de aquella extensa legislación. Pueden reclamar participación en el esfuerzo, pero no decir que sus votos finales convirtieron la ayuda en ley.
Pataki merece una consideración más personal. El exgobernador ha revelado que padece una enfermedad pulmonar relacionada con su presencia en la zona cero. Precisamente por conocer en carne propia las consecuencias de aquella exposición, sorprende que concentre su intervención pública en pedir la ausencia del alcalde, en lugar de reconocer el valor que la divulgación de estos documentos puede tener para miles de personas enfermas.
Frente a esas críticas, Mamdani no respondió con otra disputa ideológica. Su administración publicó unas 170,000 páginas, puso fin a dos litigios promovidos por 9/11 Health Watch, asignó recursos para revisar y divulgar más documentación y anunció ayuda para quienes necesitan demostrar que estuvieron dentro de la zona de exposición. Esa evidencia podría permitirles solicitar tratamiento médico o compensación mediante los programas federales creados para los afectados.
Ningún gobernante actúa completamente al margen de la política, y Mamdani también puede beneficiarse de esta decisión. Además, será necesario vigilar que su administración publique todo lo prometido y no convierta el portal en un gesto pasajero. Pero, hasta el momento, su actuación parece responsable, madura y más honesta que el prolongado silencio institucional que heredó.
Mientras algunos adversarios discuten si Mamdani merece acompañar a las familias en la ceremonia, él acaba de hacer lo que varias administraciones municipales evitaron durante 25 años: abrir los archivos, reconocer que los afectados tenían razones para exigir respuestas y facilitar que más enfermos puedan obtener ayuda. En esta comparación, la solidaridad con las víctimas se demuestra menos tratando de decidir quién puede estar presente durante la conmemoración que revelando la verdad y ayudando a quienes todavía padecen sus consecuencias.
