La reapertura del histórico hipódromo de Nassau permite mirar más allá de sus nuevas instalaciones y reconocer la aportación de jinetes, entrenadores y trabajadores latinoamericanos al deporte hípico de Nueva York.
Belmont Park volvió a escuchar el galope de los caballos y el clamor del público. El histórico hipódromo de Elmont, en el condado de Nassau, reabrió el 18 de septiembre después de más de tres años sin carreras y una transformación valorada en $555 millones: $455 millones financiados mediante un préstamo estatal y otros $100 millones aportados por la Asociación de Carreras de Nueva York, NYRA.
No soy experto en hipismo, y sospecho que muchos de quienes me leen tampoco lo son. Pero uno no tiene que conocer los secretos de una carrera ni saber interpretar una hoja de apuestas para entender lo que representa un hipódromo en la memoria de una comunidad. A veces basta recordar un nombre, una voz anunciando una carrera o aquel vecino que estudiaba los caballos como si se preparara para un examen final.
La obra todavía no está completamente terminada. Durante esta primera etapa funcionan los dos niveles inferiores de una nueva tribuna de cinco pisos, y la capacidad inicial fue limitada a 6,000 personas. Cuando el complejo esté concluido, a comienzos de 2027, podrá recibir hasta 50,000 espectadores durante sus grandes jornadas. Belmont también contará con cuatro superficies de carrera, incluido un circuito sintético que permitirá concentrar allí la actividad durante todo el año.
La reapertura coincide con otro cambio histórico: Aqueduct, el hipódromo de Queens que durante 132 años fue punto de encuentro de apostadores, familias inmigrantes y trabajadores del caballo, celebró su última jornada de carreras el 28 de junio. La actividad que allí sobrevivió durante generaciones se traslada ahora a un Belmont más moderno, más compacto y con aspiraciones internacionales.
De El Comandante a Nueva York
Crecí en Puerto Rico, donde el hipódromo El Comandante era conocido aun por quienes nunca se sentaron a ver una carrera. Primero estuvo en Carolina y, desde 1976, en Canóvanas como El Nuevo Comandante; hoy se llama Hipódromo Camarero. El nombre formaba parte de la conversación cotidiana. En los barrios había personas de la vieja escuela que apostaban en las agencias hípicas, repasaban números, discutían el estado de un caballo y defendían a su jinete favorito con una seguridad que no admitía réplica.
No era necesario entrar al hipódromo para que aquel mundo llegara hasta uno. La hípica se colaba en las radios, en las esquinas y en las conversaciones de los adultos. Por eso, al llegar a Nueva York, la presencia de tantos nombres y acentos latinos en Belmont y Aqueduct no me resultó extraña. Era, de alguna manera, otra versión de una tradición caribeña que ya conocía.
Mucho más que las nuevas tribunas
El nuevo edificio puede medirse en dólares, paneles de cristal, pantallas y asientos. La tradición que regresa a Belmont, sin embargo, no puede explicarse solamente con cifras. También fue construida por hombres y mujeres cuyos nombres rara vez aparecieron en los programas de carreras.
Lo recuerdo del viejo Belmont y de Aqueduct: el español formaba parte del sonido cotidiano del hipódromo. Puertorriqueños, peruanos, mexicanos, panameños, dominicanos, cubanos y trabajadores procedentes de otros países latinoamericanos estuvieron en la pista y detrás de ella. Algunos alcanzaron fama como jinetes o entrenadores. Muchos otros ensillaron caballos, limpiaron establos, caminaron ejemplares después del ejercicio, vigilaron las caballerizas o comenzaron su jornada antes del amanecer. Eran indispensables, aunque para buena parte del público permanecieran casi invisibles.
En la hípica, el caballo y el jinete reciben los aplausos, pero ninguna carrera comienza sin el trabajo del backstretch, la zona de establos que el público casi nunca ve. Allí laboran caballerizos, caminadores, jinetes de ejercicio y vigilantes, muchos de ellos inmigrantes. Son quienes alimentan, asean, observan y acompañan diariamente a animales de enorme valor. Su conocimiento no siempre procede de una escuela: con frecuencia pasa de una generación a otra y de un país a otro.
Esa contribución ha tenido también un lado difícil. Algunos trabajadores vivían dentro o cerca de los complejos hípicos, en habitaciones que distaban mucho de ser ideales. En 2026, cerca de 500 empleados de las áreas de establos de los hipódromos de NYRA —caballerizos, caminadores, jinetes de ejercicio y vigilantes— reclamaron mejoras en sus condiciones laborales, vivienda y acceso a beneficios. Informes sobre el cierre de Aqueduct recordaron, además, denuncias de robo de salarios entre trabajadores inmigrantes.
La vulnerabilidad no se limitó al salario o la vivienda. Los hipódromos y sus alrededores también han sido alcanzados por la vigilancia migratoria. En 2017, dos operativos federales en Saratoga Springs dejaron temor entre la comunidad inmigrante vinculada a la temporada hípica, una industria que depende en gran medida de trabajadores extranjeros. Aunque los hechos no ocurrieron en Belmont ni en Aqueduct, forman parte de la misma industria neoyorquina y revelan cuán expuestos podían estar quienes cuidaban caballos de gran valor mientras vivían con pocas seguridades propias.
La contradicción es difícil de ignorar: hombres que alimentaban y protegían animales valorados en cientos de miles o millones de dólares podían dormir hacinados, reclamar salarios o temer que una mañana alguien no regresara al establo. Celebrar el nuevo Belmont obliga, por tanto, a preguntar si la renovación alcanzará también a quienes sostienen el espectáculo desde la madrugada.
Campeones del Caribe y América Latina
La presencia latina tampoco ha sido marginal en el círculo de ganadores. El puertorriqueño Ángel Cordero Jr., uno de los grandes jinetes de la historia estadounidense, dominó durante décadas las pistas de Nueva York y se convirtió en mentor de otros corredores. Su compatriota John Velázquez prolongó esa escuela: ganó el Belmont Stakes con Rags to Riches en 2007 —la primera potranca en conquistar la prueba desde 1905— y volvió a triunfar con Union Rags en 2012.
Puerto Rico aportó igualmente a los hermanos Irad y José Ortiz, figuras centrales de la hípica contemporánea, y a Manuel Franco, habitual protagonista del circuito neoyorquino. Panamá dejó la huella de Braulio Baeza y Laffit Pincay Jr.; Perú, la de Edgar Prado, quien condujo a Sarava a una de las mayores sorpresas en la historia del Belmont Stakes en 2002. Desde Cuba, el entrenador Lázaro “Laz” Barrera llegó a la cima con Affirmed, último ganador de la Triple Corona durante 37 años después de imponerse en Belmont en 1978.
No son episodios aislados ni hace falta ser conocedor del deporte para comprender su significado. En conjunto, muestran cómo el Caribe y América Latina ayudaron a dar forma al hipismo estadounidense. Para muchos jóvenes de esos países, montar caballos abrió una ruta profesional que los llevó a Nueva York; para otros inmigrantes, el hipódromo ofreció empleo, comunidad y una manera de trasladar conocimientos aprendidos en sus lugares de origen.
Una tradición que debe recordar a todos
El Belmont renovado quiere ser la nueva casa de las carreras de Nueva York. En 2027 recuperará las legendarias competiciones hípicas Belmont Stakes y recibir nuevamente la Breeders’ Cup. Su primera jornada, encabezada por la victoria del ejemplar japonés Forever Young en el Jockey Club Gold Cup, confirmó además que la hípica moderna es un deporte internacional.
Pero la verdadera medida de esta nueva etapa no estará solamente en la calidad de las competencias ni en la elegancia de sus salones. Estará también en su capacidad para conservar la memoria humana del viejo Belmont y de Aqueduct, reconocer a los trabajadores invisibles y garantizarles condiciones dignas. Una obra nueva no borra la historia que ocurrió detrás de las tribunas.
Cuando los caballos vuelven a la pista, regresan con ellos más de un siglo de triunfos, apuestas, sacrificios y sueños. En esa historia de Nueva York hay muchas voces, y una parte esencial se ha contado —y se sigue contando— en español.
Fuentes consultadas
Times Union, guía de la reapertura de Belmont Park, 17 de septiembre de 2026.
The Guardian, crónica del cierre de Aqueduct, 30 de junio de 2026. The New Yorker, “The End of the Aqueduct Racetrack”, 21 de julio de 2026.
Times Union, perfil de John Velázquez, 2026.
Times Union, cobertura de las reclamaciones de los trabajadores del "backstretch", 2026.
