Reflexión para Lea Esto

Recuerdo el silencio.

Recuerdo aquel cielo intensamente azul sobre Long Island y la extraña quietud de no ver un solo avión cruzándolo. Para quienes vivíamos cerca de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001 no fue solamente algo que observamos por televisión. Se sintió en el aire, en las calles, en el trabajo y en la incertidumbre de no saber qué podía suceder después.

Aquel día yo trabajaba en el Hospital de Glen Cove. Cuando terminó nuestro turno, permanecimos allí por más tiempo. Se habían movilizado camas, activado personal y preparado recursos ante la posibilidad de recibir a numerosos heridos procedentes de la ciudad. Con el paso de las horas comprendimos que aquellos pacientes no llegarían. La magnitud de la muerte había dejado muy pocos heridos que trasladar.

En medio de aquella movilización, fui enviado desde Glen Cove hacia el Nassau County Medical Center con muestras de sangre de varios pacientes. Habían sido estabilizados en el North Shore Hospital de Manhasset y trasladados luego hacia instalaciones más al este, como parte del esfuerzo para liberar camas que pudieran recibir a las víctimas de los ataques.

Las instalaciones fueron abiertas, las camas quedaron disponibles y el personal permaneció preparado. Pero los pacientes esperados nunca llegaron.

Ese vacío hospitalario era otra expresión del mismo silencio que cubría el cielo. Habíamos preparado lugares para personas que, en demasiados casos, ya no podían ser rescatadas.

También recuerdo la solidaridad.

Cuando Estados Unidos cerró su espacio aéreo, Canadá abrió sus aeropuertos. Cientos de vuelos internacionales fueron desviados hacia territorio canadiense. En Gander, una pequeña población de Terranova y Labrador, aterrizaron 38 aviones con más de 6,500 pasajeros. Durante aproximadamente cinco días, familias que nunca habían visto a aquellos viajeros les ofrecieron comida, ropa, medicamentos, refugio y hasta las puertas de sus propias casas.

México también expresó su solidaridad y cooperó con Estados Unidos durante la emergencia. En nuestro momento de mayor vulnerabilidad, las dos naciones vecinas estuvieron presentes. No nos trataron como adversarios ni como amenazas. Nos trataron como vecinos.

Dentro del país también hubo manos inmigrantes ayudando a levantarnos. Miles de trabajadores participaron en las labores de rescate, en la remoción de escombros y en la limpieza de edificios y calles. Muchos respiraron el polvo tóxico de la zona cero y desarrollaron enfermedades que aparecieron años después. Algunos eran indocumentados.

En aquellos días nadie les preguntó de dónde venían antes de aceptar su trabajo, su sacrificio y su solidaridad.

Pero de aquella tragedia no surgió solamente lo mejor de nosotros.

El miedo también se convirtió en política pública. En 2002 se creó el Departamento de Seguridad Nacional, que comenzó a operar al año siguiente. Se expandieron la vigilancia, el control fronterizo y el poder del aparato migratorio. La xenofobia comenzó a crecer en cada esquina. Primero se dirigió con particular crueldad contra musulmanes, árabes y personas percibidas como tales; después alcanzó a muchas otras comunidades inmigrantes.

Resulta doloroso recordar que algunas de las mismas manos extranjeras que ayudaron a Estados Unidos cuando estaba herido terminaron siendo perseguidas por el país que ayudaron a levantar. Hoy, algunos de aquellos trabajadores que limpiaron la zona cero viven con enfermedades relacionadas con el 11 de septiembre y, al mismo tiempo, con el temor de ser detenidos o deportados por ICE.

Veinticinco años después, esa misma intolerancia ha intentado entrar incluso en la ceremonia conmemorativa. Más de 100,000 personas firmaron una petición para pedirle al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que se mantuviera alejado del acto en la zona cero. El exalcalde Rudy Giuliani también había dicho que no debía asistir.

Mamdani no era un intruso. Es el alcalde elegido por los habitantes de Nueva York y la máxima autoridad electa de la ciudad atacada aquel día. Pretender excluirlo de un acto tan solemne —mientras su fe musulmana era utilizada para despertar sospechas sobre él— demuestra cuánto del miedo nacido después del 11 de septiembre todavía permanece entre nosotros.

El dolor de las familias merece respeto absoluto. Pero la memoria colectiva de Nueva York no puede convertirse en propiedad exclusiva de un partido, una ideología o una religión. Tampoco debe utilizarse para decidir quién parece suficientemente estadounidense como para permanecer en silencio ante los nombres de los muertos.

Mamdani asistió a la ceremonia. Permaneció allí y saludó a Giuliani, quien después reconoció que el alcalde se había comportado con respeto. Ese sencillo encuentro demostró algo que muchos parecían haber olvidado: incluso entre adversarios políticos es posible respetar la solemnidad del momento sin negar las diferencias que los separan.

Cuando regreso en la memoria a aquel cielo azul y vacío sobre Long Island, recuerdo las camas preparadas en el hospital y a los pacientes que nunca llegaron. Pero también recuerdo a Canadá abriendo sus aeropuertos, a México ofreciendo su solidaridad y a los inmigrantes entrando entre polvo y escombros para ayudar a una nación herida. Todo eso forma parte de la memoria del 11 de septiembre.

Si de verdad deseamos honrar aquel día, no basta con repetir que nunca olvidaremos a quienes murieron. También debemos recordar quiénes permanecieron a nuestro lado y preguntarnos en qué momento comenzamos a tratarlos como enemigos.

La solemnidad no se protege excluyendo. La memoria no se honra sembrando sospechas. Y una nación no demuestra fortaleza rechazando a quienes, cuando el cielo quedó vacío, permanecieron junto a ella.