Texto y fotos por José Oquendo Sánchez
El espacio alto y bien iluminado nos da la bienvenida. A la derecha comienza México, entre verdes y amarillos, lenguajes figurativos, impresionistas y surrealistas, referencias a la vida y la muerte, y hasta una mirada contestataria de la fe. A la izquierda se extiende El Salvador, con obras costumbristas, surrealistas y figurativas.
La distribución parece establecer dos territorios, pero la frontera es apenas geográfica. Los temas se cruzan, los símbolos viajan y las influencias se responden. Lo mexicano aparece en manos salvadoreñas; Puerto Rico se asoma en una pieza del organizador; la herencia maya desconoce las fronteras modernas, y las calaveras reaparecen al final del recorrido salvadoreño.
Dos colectivos, un encuentro
El recorrido comienza con una sucesión de pinturas de distintos estilos y formatos. Entre ellas, casi escondida dentro de un marco de madera, aparece Assembly, de Guillermo Ramos, la única escultura de la exposición. Construida en metal soldado y repujado, su tridimensionalidad interrumpe la continuidad de los lienzos e invita a detenerse.
Así comienza Cultural Art: El Salvador & Mexico, exposición que reúne obras de Ix-Yawual, colectivo salvadoreño, y del Batallón Internacional de Arte, agrupación mexicana. Organizada por el pintor salvadoreño-estadounidense Saúl Antonio López, permanecerá abierta hasta el 29 de septiembre en la Biblioteca Pública Memorial de Freeport, en Long Island, como parte del Mes de la Herencia Hispana.

Ix-Yawual sugiere poéticamente un horizonte compartido: personas que unen sus miradas para construir una identidad visual colectiva. Dirigido en El Salvador por Herber Orellana, el grupo ha expuesto incluso en Corea del Sur. El Batallón Internacional de Arte, encabezado por Pedro Javier Campos Gaspar, reúne mayormente a artistas de la Ciudad de México y sus alrededores.
Sueños, dioses y creencias

En The Return of the Gods, de Vilchis Arj, figuras que evocan antiguas deidades mesoamericanas rodean un cielo atravesado por platillos voladores. La composición surrealista combina pirámides, mitología y ciencia ficción para imaginar el retorno de los dioses desde el espacio, sin distinguir del todo entre memoria ancestral y fantasía extraterrestre.

Broken Dreams, de Pedro Javier Campos Gaspar, conduce a un territorio igualmente difícil de descifrar. En el óleo se confunden figuras humanas y animales: ojos, el pico de un ave, la cabeza de un venado y formas ocultas dentro de otras. López observa en esas transformaciones la naturaleza cambiante de los sueños. Es su lectura, no necesariamente una explicación definitiva del autor; la incertidumbre forma parte de la fuerza de la obra.

A continuación, Dream in the Depth, de Andrés Chaves Bautista, presenta a un joven que se abraza a sí mismo en las profundidades acuáticas, con una serenidad atravesada por la tristeza. Los peces nadan entre corrientes que parecen prolongar su cabello, como si el agua, el sueño y la memoria ocuparan un mismo espacio. La imagen conserva algo de la inocencia de quien contempla desde lejos un recuerdo que todavía lo envuelve.

La pieza más inquietante es El beso de la hipocresía, de Eliseo Alejandro López Santamaría. Una figura indígena con cuernos besa los pies heridos de Cristo, en una escena que puede simbolizar la demonización de las creencias originarias y su difícil encuentro con la fe europea. El gesto evoca sometimiento, contradicción y resistencia. Es un arte que interroga y obliga a mirar más allá de las apariencias.
La tierra como hilo común

Un hilo común recorre buena parte de la muestra: la responsabilidad ante la Pachamama, la Madre Tierra. En No to Extinction, de Alexis Balmore Cortez, una tortuga nada entre medusas en un mar de colores intensos y burbujas oleosas. Su mirada triste al visitante parece enviarle un mensaje. López relaciona la obra con los desperdicios y derrames de petróleo que alteran los hábitats. Aunque se intente descontaminar las zonas afectadas, asegura el artista, siempre quedan huellas: las plantas pierden oxígeno, los animales sufren las consecuencias y la desaparición de una sola especie puede repercutir en toda la cadena de la vida.

La preocupación reaparece en Embrace of Nature, de Hérber Orellana. Árboles, hojas y una figura humana se integran en un abrazo. En lugar de incendiar los bosques o ensuciar ríos y volcanes, el ser humano aparece llamado a proteger el mundo del cual forma parte. No estamos fuera de la naturaleza para contemplarla o explotarla: respiramos dentro de ella.

Más complejas resultan las compuestas por un díptico: Maya Twins y Maya, de José Eli Roldán Rodríguez. La primera remite a los Gemelos Heroicos del Popol Vuh y a los orígenes míticos del mundo maya: su lucha contra las fuerzas del inframundo representa la derrota de la muerte y el restablecimiento del orden. La segunda evoca la vida ceremonial y el poder mediante figuras en procesión.
En ambas, las franjas de signos y la composición inspirada en códices recuperan la escritura, la memoria y la visión del universo de un pueblo cuya herencia antecede a las fronteras modernas. México, Guatemala, Honduras, Belice y El Salvador comparten partes de ese legado, lo que fortalece la impresión de que las piezas conversan desde historias comunes.
Saúl López y su estilo escamado
La relación entre los colectivos surgió mediante una cadena de contactos que produjo una primera actividad conjunta en El Salvador, explica López mientras nos acompaña en el recorrido. Desde entonces han colaborado en exposiciones realizadas en El Salvador, México y Nueva York. Asegura que la intención es continuar ayudándose y abrir oportunidades para artistas de otros lugares.
Saúl López encarna ese cruce de geografías. Nació en El Salvador, emigró a Estados Unidos en 1979 y estudió agronomía en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Más adelante amplió su formación artística en Lehman College. Su profesión como especialista agrícola y su trayectoria como pintor convergen en lienzos poblados por frutos, aves, paisajes tropicales y figuras humanas.
Para esta ocasión, el artista muestra Gama de colores, realizada al óleo sobre petate, reúne a una mujer, un torogoz --ave nacional de El Salvador-- y el nance, fruto común en Centroamérica. La fibra cotidiana se convierte en soporte artístico y depositaria de memoria cultural. López escogió el óleo por su resistencia y capacidad de adherirse al tejido natural.
La obra colocada a su lado cruza el Caribe. Puertorriqueño hasta la cepa reúne al coquí, la ranita cantora, y a la avecilla San Pedrito utilizando una técnica de pinceladas que él llama escamado. Su estilo se acerca al puntillismo, pero rompe con el clásico europeo en su selección y saturación de colores, al igual que en sus temas autóctonos de nuestras tierras.
El San Pedrito (Todus mexicanus) es un ave diminuta y endémica de Puerto Rico a la que un antiguo error sobre su procedencia dejó un nombre científico que parece hacerla mexicana. Es como si la ciencia le hubiera expedido el pasaporte equivocado: lleva a México en el nombre, pero pertenece por entero a los bosques puertorriqueños.
La pintura nació del afecto de López por Puerto Rico, donde estudió agronomía y conserva amistades. Escogió Mayagüez porque deseaba formarse en una región tropical con condiciones agrícolas relacionadas con las de El Salvador, conocimiento que todavía aplica en su trabajo profesional.

Como puertorriqueño, agradecí que un artista salvadoreño se detuviera a mirar dos especies de fauna tan vinculadas con nuestra identidad. En una exposición sobre México y El Salvador, el San Pedrito puertorriqueño con nombre científico de mexicano termina siendo uno de sus símbolos más apropiados.
Entre la infancia y la denuncia
Más adelante, La familia, de Miguel Mira, presenta seis figuras humanas mediante verdes y amarillos. Llama la atención que una de las figuras destaca por un tono rojizo. La obra recuerda la importancia de la unión familiar y también, dentro de ese núcleo, que debemos extender el abrazo hacia nuestras propias diferencias.
En Carrusel, de Omar Alexander Aguilar, figuras humanas y la silueta de un caballo aparecen entre amarillos y tonos terrosos. Aguilar, quizá evocando a Joan Miró, presenta una obra pintada con la libertad y la espontaneidad de la niñez. La diversión de la infancia se hace presente; también recuerda a ese niño que los adultos llevamos dentro.

Luego, Garden of Abuse, de Roxana Baires, reclama nuestra atención. Una figura fragmentada en rostros, ojos, bocas cosidas y dientes amenazantes ocupa el centro, mientras de los árboles brotan ojos que lloran y manos que parecen pedir auxilio. La composición surrealista denuncia la violencia contra las mujeres, pero también sus secuelas: miedo, vigilancia y silenciamiento. Todo el paisaje parece presenciar el abuso y participar de un grito que la víctima no siempre puede expresar.
«Los artistas tienen algo que decir y lo demuestran en las pinturas», afirmó López. Algunas veces permiten que el espectador encuentre su propia interpretación; en otras, asegura, el título descubre una dimensión que permanecía oculta.
Calaveras que cruzan fronteras
En la última agrupación de pinturas aparecen las obras de Sual Josué López, hijo de Saúl. En 2024, padre e hijo presentaron en esta misma biblioteca Colorful Flights of Nature, una muestra conjunta de 23 pinturas.

You Are My Treasure, escogida para ilustrar el programa de la exposición, sitúa a dos campesinos, un caballo, un nopal y un esqueleto que emerge de la tierra dentro de un paisaje rural mexicano. La escena une el trabajo de la tierra con la presencia cotidiana de la muerte, uno de los motivos más reconocibles de la tradición visual mexicana.
A su lado, Maybe You’ll Say Maybe muestra a dos calaveras que se aproximan para besarse. Inspirada en la iconografía del Día de Muertos, la obra lleva la muerte al territorio del amor, la duda y el juego.
En ambas pinturas, Sual recoge tradiciones mexicanas y las reinterpreta desde su experiencia como joven artista estadounidense de raíces salvadoreñas. Sus trazos poseen una fuerza narrativa cercana al muralismo mexicano, influencia comprensible en quien admira a Diego Rivera y Frida Kahlo.
Las calaveras completan así un recorrido circular. Comenzaron en el lado mexicano como parte de su iconografía de la vida y la muerte y reaparecen, transformadas, en manos de un artista salvadoreño-estadounidense. No han sido simplemente copiadas: han viajado y adquirido otra voz.
El recorrido concluye ante Luminosa, de Saúl López. Sobre un fondo negro aparece una rana cuyo cuerpo parece atravesado por la luz. Su transparencia le concede una presencia extraña, suspendida entre lo vivo y lo imaginado. Fue una de las obras que más me impresionó en la exposición de 2024. Dos años después volvió a detenerme.
Un lugar común donde sembrar
Quizás una de las mayores virtudes de la muestra sea que no exige comprender todas sus imágenes de inmediato. Algunas comunican su propósito de frente; otras nos obligan a regresar, preguntar y mirar nuevamente. Tampoco borra las diferencias entre los artistas, sino que les permite acercarse desde sus propios orígenes y descubrir lo que comparten.
Que ese diálogo ocurra en una biblioteca pública también importa. Allí, el arte latinoamericano abandona los espacios especializados y queda al alcance de lectores, familias, estudiantes y visitantes fortuitos.
Entre el petate, las calaveras, la memoria maya y el pequeño San Pedrito puertorriqueño con nombre científico de mexicano, la exposición cuenta una historia mayor que la suma de sus obras: la de artistas que cruzan fronteras sin abandonar sus raíces y encuentran, en una biblioteca de Long Island, un lugar común donde volver a sembrarlas.
Las obras destacadas en esta crónica responden únicamente a la mirada personal del autor y no pretenden establecer una valoración sobre el conjunto de la exposición. Cada visitante está invitado a recorrerla, detenerse ante las piezas que le hablen de manera particular y formar su propia interpretación.

Lista de artistas
México — 18 obras: José Cleo Alvarado, Guillermo Ramos, Claudia Guadalupe Salazar Ramírez, Judith Marcelina Rincón Fuente, Claudia Deysi Becerra Rodríguez, Valeria Elizabeth Gregorio Rosales, Flor del Carmen Tronco Ruiz, Pedro Javier Campos Gaspar, Eliseo Alejandro López Santamaría, Carolina Domínguez Castro, Ana María Saucedo Sánchez, Vilchis Arj., Belén Estrada Franco Cuervo, Owen Yael García Gutiérrez, Carlos Aquino, Andrés Chaves Bautista, José Luis Baltazar Meza y Rubi Patricia Ferrer Mediola.
El Salvador — 15 obras: Omar Alexander Aguilar, Roxana Baires, Miguel Mira, Alexis Balmore Cortez, Herber Orellana López, José Eli Roldán Rodríguez, Freddy Jeremías, Saúl A. López y Sual Josué López. Algunos artistas presentan más de una obra.
