La antigua estación de bomberos de Bay Shore que desde hace años alberga al Teatro Experimental Yerbabruja contiene varios espacios con vida propia. En el segundo piso se encuentran el taller, la oficina y una pequeña cocina, espacios separados de la galería. Es allí donde encontramos a Margarita, quien sigue ocupada. Recoge platos, acomoda recipientes y guarda lo poco que queda de lo servido durante la recepción de la actividad de esta noche.

Margarita Espada hablando sobre libro en la cocina
Margarita Espada: La cocina siempre es un buen lugar de la casa para hablar de temas serios... como los libros. José Oquendo Sánchez

¿Acaso no hay mejor lugar para conversar con ella sobre el nuevo proyecto de Yerbabruja inspirado en La casa en Mango Street, de Sandra Cisneros? La obra habla del hogar, la pobreza, la identidad, el desplazamiento y los sueños de Esperanza Cordero, una niña que observa el mundo desde una casa que no es la prometida. La trayectoria de Espada plantea otra dimensión de esa búsqueda: ¿qué sucede cuando alguien no se limita a encontrar una casa, sino que dedica su vida a construirla para los demás?

Mucho más que una directora de teatro

Resultaría fácil presentar a Margarita como actriz, directora, educadora o fundadora de Yerbabruja. Todo eso es cierto, pero no basta. Antes que nada, es una gestora cultural: una mujer capaz de reunir artistas, educadores, jóvenes, inmigrantes, voluntarios e instituciones alrededor de una idea y convertirla en un proyecto comunitario.

Se formó en teatro en Puerto Rico y posteriormente obtuvo una maestría en Bellas Artes en Stony Brook University, donde se especializó en actuación y pedagogía teatral. Sin embargo, su obra más extensa no cabe dentro de un escenario. Está en las escuelas y bibliotecas a las que Yerbabruja lleva sus programas; en los jóvenes inmigrantes que encuentran un espacio para aprender y crear; en los artistas que pueden mostrar por primera vez su trabajo; y en las familias que entran a la antigua estación de bomberos y descubren que también les pertenece.

Yerbabruja tuvo sus orígenes en Puerto Rico durante la década de 1980 y renació en Long Island en 2004. Sus primeros años aquí transcurrieron en Central Islip, donde se organizaron festivales en las calles con música, teatro, pintura y comida para recaudar fondos y atraer a la comunidad. Aquellas actividades ya contenían la fórmula que Margarita continúa aplicando: el arte como punto de encuentro, pero también como herramienta de educación, denuncia y transformación.

Uno de los proyectos que más marcó esa evolución fue ¿Qué mató a Marcelo Lucero?, surgido después del asesinato en 2008 del inmigrante ecuatoriano atacado en Patchogue. «Una cosa es hacer teatro en un espacio controlado y otra muy distinta trabajar frente a un tema tan real y doloroso en la comunidad», recordó Espada al hablar anteriormente sobre aquella experiencia. El proyecto, dijo, le enseñó que el asunto era más grande que ella y que el verdadero teatro comunitario exige colaboración.

No se trataba de representar desde lejos el dolor ajeno. Había que escucharlo, compartirlo y devolverlo a la comunidad convertido en memoria y conciencia.

Una lectura para muchas comunidades

Esa experiencia ayuda a entender por qué Yerbabruja no tratará La casa en Mango Street solamente como un libro que debe leerse. La organización fue seleccionada para participar en el NEA Big Read, una iniciativa de la National Endowment for the Arts desarrollada en colaboración con Arts Midwest.

Mesa con The House on Mango Street y micrófono.
Se repartieron muchos ejemplares de "La casa en Mango Street", tanto en español como en inglés.José Oquendo Sánchez

Bajo el lema local Reading Together Throughout Long Island, el programa llevará la obra de Sandra Cisneros a escuelas, bibliotecas, universidades y otros espacios comunitarios hasta el próximo verano. La programación forma parte de America250 and the Stories That Shape Us, el tema nacional que invita a examinar las historias que han dado forma a Estados Unidos y a preguntarnos qué voces han sido escuchadas y cuáles han quedado fuera.

Para Margarita, la palabra comunidad no puede reducirse a quienes comparten un mismo origen.

«Muchas veces uno piensa que la comunidad es como la de uno, la latina, pero la comunidad aquí es comunidad en grande», explica. Aunque Esperanza Cordero y su familia pertenecen a una experiencia latina muy concreta, Margarita reconoce en sus mudanzas una realidad que atraviesa orígenes raciales y culturales.

«Esa experiencia de desplazamiento es algo que toca a la pobreza», señala. «Y la pobreza tiene que ver con muchas culturas: blancas, negras, latinas. Si vienes a ver, el concepto de la casa es también un problema de clase, porque ella no tiene dónde vivir». El padre de Esperanza promete que algún día la familia tendrá una casa. Pero, después de pasar de un lugar a otro, la vivienda que finalmente encuentran en Mango Street tampoco es la soñada. La niña tendrá que descubrir otro modo de hacer suyo aquel espacio: mediante las historias de quienes lo habitan.

La casa deja entonces de ser únicamente paredes y techo. Se convierte en memoria, experiencia y palabra.

Mirar más allá del barrio

La identificación de Margarita con Esperanza también es personal. Nació en el campo puertorriqueño y se crio en Villa Palmeras, en Barrio Obrero, una comunidad de Santurce con una extraordinaria historia cultural, pero también marcada por limitaciones económicas. «Yo quería más, pero lo que estaba alrededor mío no lo veía», recuerda. «Tenía otros sueños».

Cuando leyó La casa en Mango Street, reconoció en Esperanza a una joven capaz de imaginar otra vida aun cuando las personas cercanas no comprendieran del todo sus aspiraciones. Vio reflejada también su propia experiencia: Margarita rompió con las expectativas de su entorno, estudió y llegó a la universidad, aunque ese crecimiento puede sentirse también como una forma de distanciamiento de la clase y el lugar de procedencia.

La conversación me llevó a pensar en La carreta, de René Marqués, una obra de teatro que generaciones de puertorriqueños estudiamos en la escuela. En ella también aparecen los viajes, las casas y el cambio de condiciones sociales y económicas. Al volver ahora a la obra de Cisneros en español, pienso leerla desde esa perspectiva puertorriqueña: la casa como refugio y promesa, pero también como desarraigo y medida del lugar que ocupamos en el mundo.

De la lectura a la acción

El proyecto tendrá múltiples expresiones. Brentwood High School prepara una representación teatral. Varias bibliotecas desarrollarán sus propias actividades y Suffolk County Community College organizará conversaciones sobre raza y discriminación. Los participantes también pintarán y explorarán el concepto de «la casa que llevamos dentro»: ese espacio construido con recuerdos, personas y lugares que continúa acompañándonos aun después de habernos marchado.

En marzo de 2027, como parte de la celebración del Mes de la Historia de la Mujer, el programa llegará a la Nación Shinnecock, comunidad soberana del este de Long Island. Allí, el libro servirá como estructura para una conversación sobre el matriarcado y las experiencias de las mujeres indígenas.

La propuesta no exige que todas esas comunidades interpreten la obra de la misma manera, explica Espada. Precisamente busca lo contrario: que cada una entre al libro desde su historia y encuentre allí una puerta para contar la propia.

La estación que volvió a iluminarse

El lugar desde donde se impulsa esa lectura colectiva tiene también su propia historia de recuperación. Yerbabruja encontró su hogar en la histórica Second Avenue Firehouse, construida en 1898. La antigua estación de bomberos había tenido otras vidas y llegó a formar parte de un grupo de propiedades deterioradas cuya recuperación resultaba necesaria para estabilizar la zona.

Adquirir una sede propia convirtió a Yerbabruja en una institución cultural latina excepcional dentro de Long Island. Pero comprar el edificio no significó que el trabajo hubiera terminado. Hubo que restaurarlo poco a poco, conseguir recursos, presentar propuestas y sumar muchas horas de labor voluntaria. Las reparaciones materiales y el proyecto cultural crecieron juntos.

Por eso, la escena de esta noche contiene mucho más de lo que aparenta: los últimos voluntarios arreglan el patio, Margarita recoge la cocina y, en la galería, permanecen colgadas las obras que recuerdan nuestras casas. La casa no se sostiene únicamente con subvenciones, reconocimientos o discursos pronunciados desde un podio. Se sostiene también después de que el público se marcha, cuando alguien recoge una bandeja, devuelve una silla a su lugar o se queda unos minutos más para dejar el lugar listo para la próxima actividad.

El desfile que se negó a desaparecer

La misma capacidad para sostener instituciones se manifestó en 2008, cuando el Desfile Puertorriqueño e Hispano del condado de Suffolk estuvo en peligro de desaparecer. Margarita dio un paso al frente y asumió una responsabilidad que iba mucho más allá de organizar carrozas, comparsas y música.

Rescatar el desfile significaba conservar una memoria levantada por generaciones de puertorriqueños e hispanos que habían echado raíces en Long Island. Bajo su dirección, la celebración continuó y llegó renovada hasta el presente. En 2026 cumplió sesenta años. Margarita ha defendido también su nombre y su historia. Incluir a las demás comunidades latinoamericanas, ha explicado, nunca exigió quitarle lo puertorriqueño al desfile para convertirlo en una celebración inclusiva.

«Para yo existir, no tengo que eliminarte», afirmó anteriormente al rechazar esa idea. «El nuestro ya era el Desfile Puertorriqueño e Hispano de Suffolk, mucho antes de que yo asumiera la dirección».

La frase ayuda a comprender su manera de hacer gestión cultural. La inclusión no consiste en borrar identidades hasta que todas parezcan iguales, sino en crear un espacio suficientemente amplio para que puedan encontrarse sin dejar de ser lo que son. Es la misma concepción que ahora lleva a la lectura comunitaria de Cisneros. ## Cuatro árboles frente a una ventana

Yo había leído La casa en Mango Street en inglés. Al reencontrarme con el libro, volvió a mi memoria una imagen que no he podido abandonar: Esperanza mirando por una ventana hacia cuatro árboles flaquitos, que la «animaban a animarse» cuando estaba triste. En mi imaginación, cada árbol pertenece a una estación distinta. Uno atraviesa sin abrigo el invierno; otro florece alegre en primavera; el tercero crece bajo la luz del verano que lo alimenta; y el último, luego de dar fruto y estallar en color, pierde sus hojas en otoño. Del otro lado de la ventana, la niña los observa mientras intenta imaginar la vida que todavía no tiene.

Quise convertir esa visión en una obra para la exposición, pero no pude terminarla. Quizá la imagen aún no estaba lista. Quizá necesitaba primero escuchar a Margarita hablar de pobreza, desplazamiento, comunidad y de la casa que cada persona lleva consigo. Quizá tenía que leer el libro en español para entenderlo del todo.

La conversación termina en la cocina

Afuera queda el patio donde horas antes la gente compartió alimentos, escuchó música, conversó e intercambió opiniones con conocidos y desconocidos. En la galería permanecen las obras creadas a partir de un libro sobre una muchacha que sueña con una casa propia. Margarita Espada lleva décadas respondiendo a ese sueño de una manera muy particular. No ha construido una casa solamente para sí misma. Ha contribuido a levantar un lugar donde otros puedan entrar con su acento, su nombre, su memoria y su historia sin tener que dejarlos en la puerta. Cuando termina la celebración y quedan pocos ordenando, quizá sea cuando mejor puede verse la verdadera dimensión de su trabajo. Yerbabruja no es únicamente un teatro, una galería o un antiguo cuartel de bomberos. Es una casa comunitaria que Margarita y muchas otras manos continúan construyendo cada día.