Los representantes de Long Island regresan a sus distritos a defender la reelección con una lista mucho más extensa de proyectos presentados que de leyes aprobadas. Tan pobre ha sido la productividad de este Congreso que algunos legisladores hacen campaña destacando lo que han intentado hacer, aunque todavía no puedan mostrar resultados concretos.

En esa carrera por demostrar quién trabaja más, parecen contar los tiros al arco, aunque ninguno termine en gol. Presentar un proyecto permite emitir un comunicado, aparecer en la prensa y decirles a los electores: Estoy luchando por esto. Que la medida tenga posibilidades reales de aprobarse —o siquiera tiempo para completar el trámite legislativo— parece haberse convertido en un detalle secundario.

Pero el dato mata el relato.

Newsday examinó una serie de proyectos presentados recientemente por los cuatro congresistas de Long Island —Laura Gillen, Andrew Garbarino, Nick LaLota y Tom Suozzi— y llegó a una conclusión incómoda: muchas de esas propuestas tienen escasas posibilidades de convertirse en ley antes de que concluya la actual sesión. El propio titular del periódico lo resume: Late House bills a longshot. Su subtítulo es todavía más directo: se trata más de enviar mensajes que de gobernar.

Entre las propuestas mencionadas se encuentran deducciones tributarias para los gastos de transporte, medidas contra fraudes de seguros, controles sobre la inteligencia artificial china, fondos para los sistemas públicos de retiro afectados por el 11‑S y legislación relacionada con el fraude en Medicare.

Algunas responden a preocupaciones legítimas de los electores. El problema no siempre es el contenido, sino el momento. La Cámara ya abandonó Washington hasta después de las elecciones y el calendario legislativo restante es muy reducido. Presentar ahora proyectos que probablemente no llegarán a votación permite a los congresistas hablar de sus esfuerzos durante la campaña, aunque el resultado final sea poco más que un número asignado en el registro del Congreso.

Es una manera bastante sofisticada de escribir en el humo.

El caso de Laura Gillen y la oficina postal de Oceanside ofrece un ejemplo particularmente claro.

La congresista publicó en sus redes que se siente orgullosa de haber logrado que avance su proyecto para ponerle a esa instalación el nombre del detective Luis G. Álvarez, héroe del 11‑S y defensor incansable de los socorristas enfermos por la contaminación de la Zona Cero.

El homenaje es enteramente merecido. Álvarez arriesgó su salud buscando sobrevivientes y restos humanos entre los escombros del World Trade Center. Años después, ya enfermo de cáncer, compareció ante el Congreso para reclamar protección permanente para quienes todavía padecen las consecuencias de aquellos días. Murió en 2019.

Nada de eso está en discusión.

Lo que merece examinarse es la manera en que un paso todavía preliminar se presenta políticamente como un logro. El proyecto H.R. 9026 cuenta con el respaldo de toda la delegación congresional de Nueva York, republicanos y demócratas. El 22 de julio fue recomendado por el comité correspondiente mediante votación oral. Pero todavía no había sido aprobado por el pleno de la Cámara, enviado al Senado ni firmado por el presidente.

captura de pagina de Gillen aludiendo a su proyecto para honrar héroe en Oceanside
Captura de la página de Facebook de Rep. Laura Gillen.Facebook

Patch describe el proceso como el empujón final para honrar al héroe de Oceanside. La frase produce la impresión de que la medida está a punto de cruzar la meta. La publicación de Gillen utiliza un lenguaje igualmente cuidadoso: I’m proud to advance my bill. No afirma que el proyecto sea ley, pero celebra su avance de manera que fácilmente puede interpretarse como una victoria consumada.

La diferencia no es menor. Una cosa es presentar un proyecto; otra, conseguir que un comité recomiende su aprobación; y otra muy distinta es lograr que ambas cámaras lo aprueben y que el presidente lo firme.

Presentar el avance como una victoria es poner la carreta delante de los bueyes.

También resulta difícil imaginar una oposición significativa a una propuesta de esta naturaleza. Ponerle a una oficina postal el nombre de un héroe local del 11‑S, con el respaldo de su familia y de toda la delegación estatal, no exige la negociación política de una reforma migratoria, un presupuesto federal o una nueva política de salud. Es un acto conmemorativo digno, pero legislativamente sencillo.

Precisamente por eso llama la atención que hasta ese avance inconcluso se eleve a la categoría de logro electoral.

La crítica no debe dirigirse exclusivamente contra Gillen. Newsday señala que legisladores de ambos partidos recurren a proyectos tardíos para demostrar actividad, ensayar propuestas para la próxima sesión o generar temas de campaña. LaLota incluso reconoció que algunas iniciativas presentadas al final del periodo pueden servir para probar ideas, recibir comentarios y mejorarlas posteriormente.

Esa explicación puede ser válida. No todos los proyectos tardíos son simples ejercicios publicitarios. Algunos podrían sentar las bases para legislación futura. Pero los representantes deberían informar claramente a sus electores cuándo una medida fue presentada, cuándo avanzó en un comité y cuándo se convirtió realmente en ley. Confundir deliberadamente esas etapas crea una ilusión de productividad que el expediente legislativo no sostiene.

No se puede tapar el cielo con la mano: este ha sido un Congreso de mucha actividad anunciada y pocos resultados que mostrar.

En un Congreso efectivo, adelantar el nombramiento de una oficina postal sería apenas un trámite honorable dentro de una agenda mucho más amplia. En este, hasta acercar el balón a la portería se anuncia como si ya se hubiera marcado el gol.

La ilustración lo dice sin necesidad de palabras: una legisladora patea el balón en tacones, la pelota rebota en el poste y sus compañeros comienzan a celebrar.

Pero un tiro al poste no aparece en el marcador.

Y un casi logro todavía no es un logro.