Texto y fotografías por José Oquendo Sánchez

En las ediciones de la Feria del Libro Hispana/Latina en Queens a las que he asistido, los libros comparten el espacio con algo que no siempre aparece en el programa oficial. En las paredes se ven los carteles de escritores homenajeados en años anteriores. En las mesas y junto a sus libros, los autores conversan directamente con los asistentes.

Entre las presentaciones de libros y lecturas, hay poesía, música, folclor y performance. Allí viejos amigos se reencuentran, un lector descubre a un poeta y dos escritores que apenas se conocían comienzan una conversación que puede prolongarse mucho después de terminada la Feria.

Juan N. Tineo (2011) y José de la Rosa (2013).
Juan N. Tineo (2011) y José de la Rosa (2013).José Oquendo Sánchez

Este año, el encuentro llega a su vigésima edición. Se dice fácil, pero no lo es. Detrás de veinte años de presentaciones, lecturas, firmas de libros y reconocimientos existe una labor persistente, encabezada desde el principio por Juan Nicolás Tineo y José de la Rosa como socios fundadores, junto con el comité organizador y las muchas personas que han aportado tiempo, ideas y trabajo.

Romper el círculo

La idea nació de una experiencia personal. Cuando el autor y educador dominicano Juan N. Tineo comenzó a mostrar lo que escribía, sintió que se encontraba ante círculos literarios cerrados, donde algunos autores menospreciaban o ignoraban a quienes no conocían y, por tanto, tampoco se interesaban por conocer su obra.

“Es un mundillo cruel”, resumió.

Ahora reconoce que entonces no era un buen escritor. Aquella conciencia, sin embargo, no lo llevó a abandonar la literatura. “En el camino de la escritura se aprende, se crece, se sufre y se crece”, afirmó.

Lo que sí quiso romper fue aquel anillo de amistades que dejaba a otros fuera. Advirtió que no existía una plataforma gratuita y abierta para los escritores latinos y comenzó a imaginar algo más amplio que una actividad anual: un movimiento cultural que promoviera la cultura hispana y latina a través de la literatura.

“No me interesa tener adeptos”, explicó. Como poeta, asegura que procura romper con las reglas del lenguaje, de la forma y de la manera acostumbrada de hacer las cosas. Esa voluntad de apertura terminó definiendo también la Feria.

Cuando conoció al escritor dominicano José de la Rosa, Tineo le expuso sus planes. De la Rosa respondió: “Vamos a crear la organización”.

Ahí empezó todo.

La primera Feria, celebrada en 2007, tuvo que organizarse mediante la desaparecida Asociación de Escritores Hispanos, a la cual pertenecía Tineo, porque el proyecto todavía no estaba registrado como organización sin fines de lucro. Los fondos y gastos fueron administrados por LAIA, dirigida por la recordada escritora argentina Mónica Ivulich.

La búsqueda de recursos ha continuado siendo una de las principales dificultades. Durante muchos años contaron con el respaldo del recordado senador estatal de Nueva York José Peralta, quien acogió el proyecto desde que le presentaron la idea. En la actualidad, Fausto Rodríguez, presidente de la organización, atiende principalmente esa parte, mientras Tineo se concentra en convocar a los escritores.

La Feria se sostiene con trabajo voluntario y la participación de autores interesados en presentar sus obras. El comité organizador invita directamente solo a la persona homenajeada; con el tiempo, optó por realizar una convocatoria abierta para los demás participantes. El apoyo de funcionarios electos ha persistido, aunque no siempre en la medida esperada. Tineo cree que, al no tratarse de actos multitudinarios, quizá no satisfacen las expectativas de algunos. Aun así, procura incluirlos y mantener la colaboración.

El propósito va más allá de incentivar la lectura. La Feria busca aportar a la diversidad cultural y reconocer que la comunidad también merece escuchar gratuitamente a escritores e intelectuales sin tener que desplazarse hasta Manhattan.

Las primeras ferias

Para Tineo, las tres primeras ediciones permanecen entre las más memorables por sus homenajeados y por la concurrencia del público. La de 2007 estuvo dedicada a Gregory Rabassa, traductor al inglés de Cien años de soledad y de las primeras obras de Julio Cortázar. En 2008, la homenajeada fue Julia Álvarez, autora de En el tiempo de las mariposas, a quien el presidente Barack Obama otorgó la Medalla Nacional de las Artes en 2014. La tercera, en 2009, estuvo dedicada a Junot Díaz, ganador el año anterior del Premio Pulitzer de Ficción.

Asistí a las ferias de 2008 y 2009 y todavía conservo fotografías de aquellos encuentros. Recuerdo el público que convocó Julia Álvarez y, al año siguiente, el auditorio lleno para escuchar a Junot Díaz. Allí pude conversar brevemente con él y regresé a casa con ejemplares firmados de The Brief Wondrous Life of Oscar Wao y Drown.

Aunque en Nueva York se habían celebrado otras ferias del libro, la propuesta era nueva para Queens. Sus organizadores todavía estaban aprendiendo, pero la respuesta del público les confirmó que la necesidad no era solamente de quienes creaban el encuentro. También era de la comunidad.

Una historia contada desde dentro

La historia de la Feria también puede contarse a través de quienes ocuparon sus mesas, recibieron sus homenajes o regresaron año tras año como público. La escritora, poeta y educadora argentina Margarita Drago ofrece esa mirada. Ha conocido la Feria prácticamente desde sus comienzos, ha participado en mesas de autores y ha sido una presencia asidua entre la audiencia, aunque todavía no figure entre las personas homenajeadas.

Drago ha visto pasar a escritores reconocidos, autores independientes, poetas con sus primeros libros y lectores que regresan cada año. Su perspectiva es la de quien ha observado cómo una iniciativa cultural se sostiene y adquiere personalidad con el tiempo.

Esa personalidad aparece en los nombres que convocan grandes públicos, pero también en los pequeños ritos: los carteles en las paredes, las conversaciones durante el almuerzo, las preguntas después de una presentación y los saludos entre personas que quizá solo coinciden una vez al año.

También han participado colectivos como Poetas en Nueva York, llevando poesía y performance a un encuentro que nunca se ha limitado a colocar libros sobre una mesa.

José de la Rosa, socio fundador

Margarita Drago recuerda a José de la Rosa desde una cercanía que no puede reducirse a una referencia histórica. Para quienes llegaron después, su nombre puede estar asociado a un homenaje póstumo, una fotografía o una nota biográfica. Para quienes compartieron con él, continúa ligado a lecturas, viajes, conversaciones y años de trabajo cultural.

Tineo lo recuerda como una presencia constante desde los orígenes: “José de la Rosa siempre estuvo ahí, creía en lo que hacíamos y entendía lo importante que son estos eventos culturales para la comunidad, sobre todo, donde la mayoría de las propuestas son en español”.

Su partida, en noviembre de 2019, provocó en las redes sociales un desbordamiento de cariño, gratitud, recuerdos y tristeza. Detrás de aquellos mensajes había personas que lo habían conocido, abrazado y amado; amigos que compartieron con él buena parte de la vida cultural hispana de Nueva York.

La Feria volvió sobre su legado en octubre de 2021, cuando su decimoquinta edición le rindió un homenaje póstumo. Más que incorporar su nombre a la lista de homenajeados, el reconocimiento recordaba el papel que había desempeñado desde la creación misma del proyecto.

Su ausencia marcó el final de una etapa, pero no interrumpió la obra que ayudó a fundar. La Feria continuó bajo la dirección de Tineo, Rodríguez y su equipo, y cada nueva edición prolonga de algún modo el trabajo de quienes estuvieron en el origen.

Junot Díaz (2009) y Gustavo Arango (2013).
Junot Díaz (2009) y Gustavo Arango (2013).José Oquendo Sánchez

El homenaje como reafirmación

La experiencia del escritor colombiano Gustavo Arango permite mirar otro momento de esa trayectoria. Novelista, cuentista, periodista y reconocido estudioso de la vida y obra de Gabriel García Márquez, fue el autor homenajeado en 2013. Arango enseña Lenguas y Literaturas del Mundo en SUNY Oneonta y, en 2026, recibió el nombramiento de SUNY Distinguished Professor, la más alta distinción académica concedida por el sistema universitario estatal.

Más de una década después, no habla de aquel reconocimiento como una ceremonia perdida en el tiempo.

“El reconocimiento que recibí de la Feria del Libro Hispana/Latina de Nueva York en 2013 sigue siendo una de las mayores satisfacciones que me ha dado la literatura”, recuerda.

Pero el homenaje tuvo para él otra dimensión. Encontrarse con escritores, académicos, periodistas y lectores le reafirmó que la presencia y la riqueza cultural hispana adquieren un papel cada vez más visible dentro de la sociedad estadounidense.

Arango define además el homenaje como un reconocimiento por lo realizado hasta entonces y, al mismo tiempo, como “un poderoso estímulo y compromiso para seguir creando”.

Ha regresado a la Feria cuando la distancia entre Oneonta y Nueva York se lo ha permitido y continúa siguiendo sus actividades. Su experiencia revela así otra función del encuentro: reconocer una trayectoria no solamente para mirar hacia atrás, sino para estimular lo que todavía falta por escribir.

Margarita Drago (2011) y Juana M. Ramos (2024).
Margarita Drago (2011) y Juana M. Ramos (2024).José Oquendo Sánchez

Abrir espacios para otros

La poeta, profesora universitaria y promotora cultural salvadoreña Juana M. Ramos vivió una experiencia semejante. Haber sido la poeta homenajeada en 2024 representó para ella mucho más que recibir una placa o escuchar unas palabras de reconocimiento.

“Para mí, la experiencia de 2024, el haber sido la poeta homenajeada de esa edición de la Feria, fue como un parteaguas”, explicó.

La distinción le confirmó que existe una comunidad que conoce y valora el trabajo realizado durante años por escritores que continúan creando en español. Ese trabajo, reconoce, no se emprende para recibir aplausos, pero el reconocimiento puede ofrecer el impulso necesario para seguir.

“Es como ese empuje que nos da para continuar, para seguir abriendo espacios, abriendo caminos”, señaló.

Del homenaje surgió además un resultado concreto: la publicación por la Feria de Clementina / Clementine, poemario bilingüe de Ramos traducido al inglés por Miguel Falquez-Certain, escritor colombiano, traductor y también homenajeado en 2019. La publicación enlazó así las trayectorias de dos autores vinculados al encuentro anual, demostrando cómo esta interacción puede desembocar en colaboraciones literarias.

Ramos valora especialmente la concepción comunitaria de la cultura que encuentra allí. “No es una visión elitista de la cultura, sino una visión que tiene que ver con tender lazos con la comunidad”, afirmó.

Después de algunas presentaciones, Tineo abre el micrófono para preguntas y comentarios. El público deja entonces de ser un espectador pasivo y se incorpora a la conversación.

Algunos de esos intercambios continúan después de cerrarse las puertas. Una pregunta puede convertirse meses más tarde en entrevista, invitación, lectura o proyecto compartido. La influencia de una feria no se mide únicamente por el número de ejemplares vendidos.

Las distintas experiencias —la de la observadora constante, la del fundador recordado y las de los escritores homenajeados— se encuentran en un punto común. La Feria ha servido para acercar el libro como obra terminada, pero también para presentar a la persona que lo escribió y las circunstancias de las cuales nació.

En Queens, uno de los lugares de mayor diversidad cultural del país, esa cercanía adquiere un significado especial. Los participantes proceden de distintos países y generaciones, tienen trayectorias desiguales y no comparten necesariamente las mismas ideas. Muchos, sin embargo, conocen la experiencia de llegar a Nueva York, adaptarse y tratar de abrirse un espacio sin renunciar a su lengua ni a su memoria.

La Feria que tampoco se detuvo

La continuidad del proyecto fue puesta a prueba en 2020 y 2021, cuando la pandemia de COVID-19 golpeó con especial dureza a Queens, que llegó a ser descrito como el “epicentro del epicentro” de la crisis sanitaria en Nueva York. Fueron meses de pérdida, aislamiento e incertidumbre, y el encuentro no pudo celebrarse de la manera acostumbrada.

Pero la Feria tampoco desapareció.

Tineo y su equipo la trasladaron a internet y mantuvieron viva una conversación que ya llevaba años reuniendo a escritores y lectores. La edición virtual no sustituyó el calor del encuentro presencial, pero evitó que se rompiera la cadena precisamente cuando la comunidad atravesaba uno de sus periodos más tristes.

La vigésima edición

La historia llega este año hasta Ernesto Quiñónez, el escritor ecuatoriano-puertorriqueño, autor de Bodega Dreams, Chango's Fire y Taína. Quiñónez, profesor asociado de inglés en Cornell University, creció en Spanish Harlem, escenario que ha ocupado un lugar central en su obra. Su narrativa ha explorado la experiencia latina urbana de Nueva York y asuntos como la identidad, la desigualdad y la gentrificación.

Su presencia establece además un puente con la historia que la Feria ha construido durante dos décadas. Después de homenajear a traductores, novelistas, poetas y escritores procedentes de distintos lugares de América Latina y el Caribe, la vigésima edición coloca en el centro a un autor cuya obra está profundamente vinculada con la experiencia latina en Nueva York.

La vigésima Feria del Libro se celebrará en el auditorio de la Renaissance Charter School, 35-59 de la calle 81 en Jackson Heights, Queens, del 9 al 11 de octubre de 2026.

Veinte años picando piedra

Organizar una feria literaria durante veinte ediciones exige mucho más que entusiasmo. Hay que encontrar locales, coordinar autores y actividades, conseguir apoyos, convocar al público y, cuando termina una edición, comenzar a pensar en la próxima.

Como resumió Ramos, hay que continuar “picando piedra”.

Quizá por eso las paredes cubiertas con carteles de todos los homenajeados tienen tanta fuerza. Funcionan como un archivo visual de quienes han pasado por allí. Al recorrerlas, el visitante no contempla únicamente una lista de figuras reconocidas. Observa fragmentos de una historia colectiva: algunos autores han regresado, otros siguen escribiendo desde lejos y otros, como José de la Rosa, permanecen en la memoria de sus amigos y en la obra que ayudaron a levantar.

Veinte años después, los libros continúan sobre las mesas, el almuerzo vuelve a reunir a los asistentes y una nueva conversación comienza entre personas que quizá no se conocían al entrar.

En esos intercambios se encuentra la verdadera medida de la Feria del Libro Hispana/Latina en Queens. No solamente en cuánto vende o cuántos nombres importantes consigue convocar, sino en las amistades que conserva, las voces a las que abre espacio y los caminos que continúan mucho después de que se cierra el último libro.